lunes, 6 de julio de 2009

Al lado de esas traviesas (II)

Conversábamos de todo, hasta de la nada, hasta de lo que no conocíamos ni habíamos siquiera soñado; hablábamos bajo el cielo rojo del verano, bajo las puntas de las estrellas de las noches cortas, bajo el aliento de los que nos criaban y nos mandaban a las calles, a patear sonidos, lamentos, jadeos y miradas diagonales, de esas que traspasan aunque no entiendas nada. Como cuando cayó en medio de la calle un condón usado por el deseo rasposo de los dos reclutas que alquilaron el tercero B y hacían el amor con aquellas dos chavalas que estudiaban en la Universidad pero se reían como dos rayos blancos de atardecer. Pero no es eso de lo que quería hablar, sino de lo que sucedió aquella tarde del mes de abril.

(continuará)

Al lado de esas traviesas (I)

Crecí al lado de esas traviesas que componían la espina dorsal que maldita la manera en que separaba el barrio en dos mantos blanco y negro, por no decir “tú de aquí, yo de allá”. Era “la vía”, a partir de la cual nacía y moría cada una de las dos formas de sentir la vida. La zona oeste se hallaba acostada en las marginales laderas de La Camisera, que era como un submundo donde pasaban cosas y vivían vidas con tormenta. Rara vez (nunca) me aventuré por sus calles, ni yo ni los chavales de mi cuadrilla, por lo que de peligro suponía hacerlo. Los personajes más pendencieros del barrio surgían cada noche de sus parcelas y los apellidos más ilustres del hampa local dormitaban tras las cortinas que, a modo de poderosos muros, protegían cada casa. Eran baratos mantos de tela rígida que presentaban sus respetos al paseante embozados en gruesas y veteranas manchas que nadie se preocupaba en hacer desaparecer. Alguno de esos príncipes de la tropelía acostumbraba a merodear las salidas de los colegios, a modo de precoz traficante de palabras prohibidas, y aprovechaba los momentos de soledad de algunos grupos de pequeños escolares que se quedaban rezagados para robarles los objetos más apreciados del momento: chivas (canicas), estampas (cromos), tacos de goma o tabas. Lo hacían con violencia en minúscula, pero violencia al fin, y no era extraño que los mocos que se secaban en las comisuras de sus labios quedasen como rastro en la mejilla del atracado, que bien poco podía hacer si no era añadir su nombre a la lista de víctimas.

(continuará)

viernes, 3 de julio de 2009

Será

Miraré las aguas de mis silencios

con la fortaleza del que aspira

a ser fiel a su corazón

y morir con el único orgullo posible.

Me iré

y diré que mi cielo es blanco y azul.

Hablaré con la voz intencionada,

a las calles abiertas por tus labios

y estaré siempre ocupado

en esos días que renovaste

tu gesto dispuesto.

jueves, 2 de julio de 2009

Esperar

He tenido que esperar.

Porque esa nube abría los ojos

cuando había que dormir.

Porque esa estrella doblaba la almohada

cuando había que reír.

Porque ese río cantaba cristal

en medio de la tormenta.

Porque esa ladera mecía su cadera

y no había melodía.

Nos has hecho esperar.

Y olvidar que no se te olvida,

que pasan los días

y el sonido de tus ojos es un aliento de presencia.

He tenido que esperar

para darle la espalda al miedo

y ponerle cuatro silencios

a este ruido que nos ocupa el corazón.

¡Hay que ver cómo se cae el aire!

No te imaginas cómo llueve hoy

en la boca de la tierra.

Si te das cuenta

todo llama a tu palabra,

como cuando la regalabas

a los niños que se acercaban a tu paisaje.

Los niños, todos.

He tenido que esperar.

Mirar al amor y sujetar con fuerza la mañana.

Doblar la esquina de la rabia,

besar con la voz el vacío de la amiga

y encontrar la última luz de esperanza en el nombre de tu vida.

Vida sobre vida.

Ahora que ya escampa,

que ya sabe más suave la niebla,

que los días se abren con pereza de compañera,

ahora, te digo,

diremos el nombre de tu miel.

Hermosa coincidencia.

Supiste elegir la dulzura de los tres.