jueves, 26 de julio de 2007

El Diez, siempre el Diez

(Publicado en BALCEI, en Julio de 2006)

Nino Arrúa era bajo, moreno y audaz. Su nariz, capricho de dioses guaranís, se adelantaba al viento y golpeaba la red del contrario con la voracidad propia del hambre del que huyó. Su júbilo lo mostraba con sus dos brazos abiertos y los puños cerrados, como si su triunfo fuese atrapar la gloria en sus dos manos pequeñas, y emprendía siempre una carrera que le alejaba de los amigos que le perseguían para abrazarle. Nunca lo conseguían.

(De pie) Nieves, Rico, M. González, Violeta, Blanco y Planas. (Agachados) Rubial, García Castany, Ocampos, Arrúa y Soto. Esta es una alineación típica de la Temporada 1973-74

Aquella mañana de domingo cruzó, señorial, el umbral del Campo de La Camisera. Hacía frío, el cielo era gris y su abrigo loden de paño marrón cubría su cuerpo, ya he dicho que moreno. Su pelo era negro y seco y brillaba casi tanto como los ojos de los niños que nos acurrucamos bajo su estampa. Firmó autógrafos, habló con todos y siguió con una mirada fija y recta las jugadas de los futbolistas del Oliver. No perdió detalle. Aquel día volví a casa y le dije a mi padre que había estado con Arrúa y le enseñé la mano que me estrechó y le mostré la firma con su nombre. Quise ser el diez, como años antes soñé con el diez de Villa. El diez, siempre el diez.

Ese diez me ha llevado por la senda de la necesidad hecha virtud y no podía ser de otra manera. Alemania da sus últimas bocanadas cuando escribo esta página, España se fue a por ellos pero en realidad a lo que fue es a por uvas y el Sabio (¡Dios mío, a cualquiera le acoplan el adjetivo reservado a los elegidos!) se revela (atención, con uve) como un gran estratega y ahora dice que se queda. Y mientras todo eso ocurre, se me ocurre hablar de cine, que es lo nuestro. Y de fútbol, como consuelo a la decepción, bálsamo para la frustración y algodón para esas heridas abiertas que, en realidad, nunca se cerraron.

El cine y el fútbol. Se han dado la mano en varias ocasiones, y en algunas de ellas con acierto, arte y hasta cierta belleza. Y pocos momentos más propicios que ahora para darnos un breve paseo de la mano de estas dos pasiones que uno cultiva con suave emoción cuando las circunstancias se lo permiten. ¡Ondeen las banderas, suenen los himnos, cúmplanse los ritos!

La nómina de películas que han tenido al fútbol como protagonista o excusa argumental no es tan larga como para hablar de género, pero sí habría como para organizar un ciclo digno en el que brillarían algunas pequeñas joyas junto a productos menos recomendables. Generalmente este tipo de relatos suelen dirigirse al comienzo de los tiempos para lucir más y mejor, pero nosotros optamos por abrir la lata por el final. En España se estrenó el año pasado un producto que tenía al muy popular Fernando Tejero como actor principal: “El penalty más largo del mundo” (2005) no fue una muy acertada película, si bien trataba de aprovechar el tirón televisivo del Emilio de “Aquí no hay quien viva” para darle un pequeño bocado a la taquilla nacional.

Una de las aventuras más originales la ha protagonizado hace algunos meses el director cordobés Gerardo Olivares, que presentó el pasado mes de abril “La gran final”, una película cuyos protagonistas son una caravana de tuaregs en el desierto de Níger, una tribu de indios en la selva amazónica y un grupo de nómadas en medio de la nada en Mongolia, cuya única obsesión es ver la final entre Alemania y Brasil del Mundial de Japón y Corea de 2002. Ese es el hilo argumental de esta comedia “a caballo entre el documental y la ficción. La parte que refleja cómo se vive en estos tres lugares es real, yo inserté la historia del fútbol», explicó Olivares cuando presentó la película quien, en sus 15 años de viajes por el mundo para hacer documentales, ha visto la pasión que levanta el fútbol. «Una vez, después de 11 días de caminata, llegué al Himalaya y a 4.500 metros de altitud había una foto de Ronaldo al lado de una estatua de Buda».

En 2002 la directora Gurinder Ghadha llevó a la pantalla “Quiero ser como Beckham, en la que conoceremos a Jess, una chica de 18 años que sólo tiene una idea en la cabeza: quiere jugar al fútbol como su héroe, David Beckham, la estrella (entonces) del Manchester United. Para Jess, eso significa darle patadas a un balón en el parque con sus amigos, hasta que la descubre Jules, una joven que la invita a unirse al equipo de fútbol femenino local. Pero los padres de Jess no entienden por qué no puede parecerse a su hermana mayor, Pinky. El título original, Bend it like Beckham, hace referencia a una típica jugada del famoso futbolista y la fuente de inspiración fue la pérdida del partido por Inglaterra frente a Argentina en el Mudnial de Futbol de 1998 y el fervor que despertó.

De ese mismo año es “Días de fútbol”, película construida al rebufo del éxito de “El otro lado de la cama” y que pretendía lograr parecidos logros, para lo que utilizó gran parte del equipo de la película de Colomo. Sin embargo, el resultado ni siquiera se le acercó, si bien el fútbol tenía un protagonismo en clave de “banda-de-amigotes-que-se-reúnen-para-eructar-juntos-y-secarse-los-mocos-con-unas-cuantas-birras-bien-frías”.

El fútbol, ya decimos, no ha inspirado especialmente al cine, si bien hay algunas historias que han merecido la atención de la crítica y el público. Hace pocos años Gonzalo Suárez dirigió a Carmelo Gómez en “El portero”, una historia basada en un relato de Manuel Hifalgo en el que el actor leonés da vida a un forastero que llega en su camioneta a la taberna de un pueblo asturiano. Se trata de Ramiro Forteza, un portero de Primera División que, por culpa de la Guerra (estamos en 1948), ha cambiado los estadios por las plazas de las aldeas. Forteza explica a los lugareños su espectáculo, un reto de penaltis con unas monedas en juego para quien consiga batirle. Entre los asistentes, un entusiasta Tito, el hijo de Manuela, una mujer desconfiada por haber sufrido en carne propia los estragos de la barbarie y de la marginación. Fue una afortunada incursión del cine español en los territorios del deporte del patadón, un reto que no siempre se había aceptado con acierto.

Se había intentado en los años 50, cuando figuras del balompié como Kubala, Di Stéfano o el propio Ramallets consiguieron atraer la atención de algunos productores, y fue entonces cuando se rodaron películas como “Once pares de botas”, “Saeta rubia” o “¡Kubala! Los ases buscan la paz”. Sin embargo, no hace falta decir que las dotes interpretativas de estos grandes jugadores no llegaban ni a la sombra de su calidad como futbolistas, por lo que los resultados no fueron muy interesantes.

Sin embargo, de todas ellas, seguramente la película más popular que tiene al fútbol como prtagonista es “Evasión o victoria”, un alegato por la libertad con un partido de fútbol entre alemanes y prisioneros aliados como telón de fondo y para cuya interpretación se contó con leyendas vivas y futbolistas en activo de la categoría de Pelé, Ardiles o el propio Bobby Moore. La calidad del filme viene avalada por la dirección del gran John Houston, quien fue capaz de sumar talento deportivo y capacidad interpretaiva, con actores como el firme Max Von Sydow y el histriónico Sylvester Stallone, poco antes de comenzar su exitosa serie como “Rambo” y una vez que ya había conocido el éxito como Rocky.

Y por finalizar nuestro artículo, y con la sana intención de que nos quede redondo, proponemos una lista de películas menos conocidas pero que aportan calidad, sentimiento y emoción al tiempo que dignifican al fútbol. Sugerimos su disfrute y emplazamos al lector para que se una a nuestro homenaje a ese deporte que, como dijo Jorge Valdano, “es la cosa más importante de las cosas poco importantes”. ¡Viste!

“Pelota de trapo”, de Leopoldo Torres (Argentina, 1948). Un chico – hijo de obreros – sueña con llegar a convertirse en “crack” de fútbol. En tanto, practica con sus amigos con una pelota de trapo, y a duras penas logra cambiarla por otra de cuero. Adulto, cumple su sueño, pero una enfermedad lo obliga a retirarse del fútbol antes. Acumula algún dinero a riesgo de su vida, para brindárselo a los suyos. Luego, se casa con su novia de la infancia.

“El hincha”, de Manuel Romero (Argentina, 1951). En esta película, historia de Julio Porter y Enrique Santos Discépolo, con mucho de El cañonero de Giles, ingresa el fanático del fútbol a la galería romeriana de arquetipos porteños. Además, la barra del café, el partido del domingo, el ritual del antes y después del estadio, junto al gastado tema del crack que abandona su modesto equipo por la plata grande, y los fantasmas del soborno y del descenso.

“El hijo del crack”, de Leopoldo Torres (Argentina, 1953). Armando Bó aparece como un astro del balompié en decadencia venerado por su hijo. Para no desilusionarlo, el crack vuelve a jugar pese al peligro que corre.

“El cura Lorenzo”, de Augusto César Vatteone (Argentina, 1954). Esta película cuenta la vida del cura Lorenzo Mazza, inspirador del club San Lorenzo de Almagro. “Me acuerdo como si fuera hoy cuando el cura Lorenzo nos cruzó en la esquina de Treinta y Tres y México (el cura de la parroquia Salesiana San Antonio, que tenía la escuela) y nos vio jugando al football allí, sabiendo que el día anterior el tramway casi había pisado a uno de nosotros por correr un balón, y nos ofreció jugar en la canchita de la parroquia. Zorro el cura, ya que el negocio era que a cambio asistiésemos a misa todos los domingos”.

“El milagro de Berna”, de Sönke Worttman (Alemania, 2003). El 4 de julio de 1954 el seleccionado nacional alemán disputaba la final del Mundial de fútbol. El gol definitivo de Helmut Rahn que dio el triunfo a los alemanes por 3 a 2 frente a los húngaros, significó mucho más que la obtención de un título deportivo. En tono nostálgico Wortmann cuenta de la vuelta de los últimos sobrevivientes alemanes de prisiones rusas, sus búsquedas por reencontrar un lugar en sus familias y en la sociedad, la reconstrucción del país, y la ilusión del renacimiento como nación generada por el triunfo futbolístico.

“La otra final”, de Johan Kramer (Países Bajos, 2003) es un sensible retrato de un partido amistoso y de dos países, dos culturas. Después de la derrota de Holanda en la clasificación para el Mundial de Japón y Corea en 2002, surgió allí una grandiosa idea. Invitar a los dos últimos del ranking de selecciones nacionales – Bután, un reino en el Himalaya y la isla caribeña de Montserrat – a jugar un “partido decisivo” por el penúltimo puesto de la lista. El partido se jugaría el 30 de junio de 2002 en Thimpu, capital de Bután, en coincidencia con el día en que en Yokohama se celebraría la final del Mundial de la FIFA.

“Fútbol como nunca”, de Hellmuth Costard (Alemania, 1970). El 12 de septiembre de 1970 es un día soleado en Old Trafford. El Manchester United disputa un partido de liga contra el Coventry y gana 2 a 0. Una victoria sin grandes consecuencias, ya que en esta temporada el Manu jugó un papel secundario en la liga inglesa. Sin embargo, de este partido se ha conservado un documento único en la historia del cine y la televisión. Hellmuth Costard, uno de los directores de cine experimental más importantes del cine alemán durante los años sesenta y setenta, observó durante más de 90 minutos con ocho cámaras de 16 mm al jugador con el número 11, a George Best, el símbolo del clásico volante izquierdo.

miércoles, 25 de julio de 2007

A Pepe Viyuela

(Publicado en BALCEI en Noviembre de 2006)

Prefiero los teatros pequeños, que me acojan, en los que puedo ver a la gente y hasta puedo escuchar lo que dicen”. Y sí, y ellos te prefieren a ti, porque tu propuesta no es pequeña, por mucho que los espíritus grises no lo puedan ver. Nos abres los brazos con tu palabra y podemos escuchar lo que dices. Así, ¿no crees?, todo queda en casa, que es lo mejor que se puede decir de un teatro: que su platea sea el salón, que el palco sea tu alcoba y el gallinero esté tan cerca del cielo que casi se confunda con el brillo de los rayos de Zeus.

“¡En un teatro nos teníamos que reeencontrar!”. “¿Y qué mejor lugar para hacerlo?”. “Tienes razón, ¡qué mejor lugar!”. Allí sentado, apoyando mi brazo en el recuerdo de aquellas mañanas limpias, sentí un breve temblor, una especie de cosquilla tibia que me emocionaba. Tus espectadores veían al actor, al payaso, al creador de mundos imposibles de tan propios que son, al constructor de golpes blancos capaces de extraer lo mejor de nosotros. Sin embargo, ¿sabes una cosa?, yo pude ver mi cara en ese espejo que nos pones delante, aunque muchos no lo sepan, para que podamos reconocernos en él cuando sales al escenario, cuando pides perdón por estar, que ya es pedir, cuando coges la guitarra y aciertas su caricia, cuando abres que no abres la silla que no se deja abrir y sujetas la escalera que te ha de llevar al perfume del amor surgido de la nada y descubres que el deseo que te nubla la vista, esa cara de mujer guapa e imposible, desaparece de ti porque se cae o lo tiramos o te lo quitamos o nos lo arrebatas.

Pude emocionarme y me emocioné, te decía y fíjate si fue urgente la alegría que me acompañaba que pensé que aquel hombrecillo que pululaba entre el desconcierto y la voluntad de comunicar era uno de esos regalos que a veces merecemos que alguien nos haga aunque no haya motivo. Así pues, decidí decidir que esa noche aquella butaca era mi lugar en el mundo, aquel teatro mi palacio, aquel escenario el mundo en el que todos vivimos y aquel personaje, desnudo y atribulado, aunque feliz en su lucha desigual con la norma, mi igual.

Encerrona”. Nos preguntamos por qué llamas a tu propuesta así. Supe leer que pretendes decirnos que estamos en el mundo, en el escenario, sin haberlo pretendido, que alguien nos ha puesto ahí porque nos ha dicho que ese es el camino y siempre están esos espectadores, que no dejamos de ser sino nosotros mismos, que nos piden y hasta nos exigen que actuemos, que hagamos algo, que nos demos, y si pretendemos escapar siempre hay una mano invisible, una voz invisible, una mirada invisible que nos lo impide.

Vemos que en tu espectáculo, ni la voz entrecortada, ni las conversaciones interrumpidas, ni los gestos esforzados logran que el protagonista pueda ser dueño de su destino. Siempre hay un espacio equivocado, un objeto rebelde, un peldaño obstinado dispuesto a recordarle al comediante que hay una única forma de entender la vida. Por eso, a lo mejor, él mismo procura buscar caminos laterales, diagonales, impares. Se nos enseña que hay que subir la escalera por el lado de los cinco peldaños, pero es memorable su intento por demostrar que el camino más corto es el de los dos peldaños. Se nos dice que una silla debe utilizarse abierta y vertical, aunque conmueve su idea de solicitar siete más para que, una sobre otra otra, conformen una sólida tarima. Se nos muestra a un ciudadano de espaldas a un auditorio, aunque lo cierto es que es el patio de butacas el que debería trasladrse al lado opuesto para disfrutar del trabajo del actor. El mundo al derecho mostrado del revés.

Intentamos saber: ¿Será esa la manera de mojar el desierto? ¿Podremos, así, secar el océano? ¿Lograremos, de este modo, airear las putrefactas conciencias de los poderosos? ¿Conseguiremos, en fin, encerrar en un corazón limpio las lágrimas innecesarias que recorren tantas mejillas inocentes? Tú me dejas, lo sé, hacer esas preguntas a quien se rió esa noche sin saber que nos querías decir todo eso. Porque por un momento quise creer que todos los que allí estábamos recibimos el mismo mensaje de la misma manera.

Yo me impuse la necesidad de creer a quienes construis estos senderos y pretendéis colocar en nuestra mochila personal puñados de palabras felices, pero tuve también la impresión de que algunas carcajadas se volvían estériles cuando rebotaban en las paredes del Teatro Municipal de Alcañiz. Lo digo porque te gusta contar que es importante transmitir valores, ideas buenas, frases escarvadas en caminos que parecen polvorientos pero que esconden apuestas fértiles.

Ubicamos la noche. Esto me lo decías cuando me contabas que te gusta viajar, pero que te gusta hacerlo como el payaso que vive en ti plácido y dispuesto al combate por la sonrisa. Tambien me contaste que aprecias recibir la paz de los niños que se alegran de ver que hay gente que se acerca a ellos y no les quitan nada.

Esos niños son felices cuando descubren que quienes os acercáis a ellos les dáis todo lo que tenéis, entre otras cosas, gozo por vivir. Y esa es la foto que me quiero quedar, una foto en la que veo gente cerca de la gente, ofreciendo calor, rompiendo soledad, haciendo amigos, acercando el tiempo, buscando a veces hoy para entender ayer.

La noche se mostró propicia para reir y reir y también para aprender (¡qué viejo soy, que aún quiero aprender!) que aquel titiritero del alma que vertía su sabiduría sobre ese escenario negro, en el fondo pretendía algo muy simple. Lo que quería es que la mujer de la fotografía, esa mujer cuya sensualidad le impulsó a jugarse la vida trepando por aquella escalera maldita, le quisiera, le dijera que era el hombre más maravilloso del mundo, le hiciera saber que lo deseaba con la fuerza de todos los poros de su cuerpo y que anhelaba el momento en que sus poderosos brazos la abrazaran hasta beberse todo el jugo de su pasión. Es decir, aquel pobre diablo se había enamorado. ¿Hay algo más vulgar y sublime a la vez? Seguramente no. Pero lo supe gracias a esa hermosa encerrona que sirvió para vernos, estar y comenzar. Otra vez, como entonces.

Ahora, sin embargo, sé más: sé que ser grande es saber ser pequeño con quien más débil es.

Juan Antonio Pérez-Bello

La fortuna de ser afortunado

(Publicado en BALCEI, Enero de 2007)

El pasado mes de Diciembre se celebró la XI edición del Festival de Cine de Jóvenes Realizadores de Zaragoza. Se trata de una de las citas más frescas, dinámicas y activas que tienen lugar en España cada año y que se desarrolla gracias al empuje y la obstinación de la Asociación “El Gallinero” y sus afanosos miembros, entre quienes destacan José Luis Anchelergues, Archy, y Miguel Ángel Marco. En la organización del evento hacen falta muchas colaboraciones para que el mismo sea posible, como la del Ayuntamiento de Zaragoza, que lo hace a través de su Concejalía de Juventud. Sin embargo quizás las más valiosas, por el cariño con que impregnan estos días las pantallas zaragozanas, son las de los amigos y gente del cine que se acercan hasta ZGZ para darle forma como ejemplo de proyecto común.

A Archi tuve ocasión de conocerle hace algunos años, cuando Maestrazgo Imagen era una realidad peculiar, innovadora y apuesta, como un joven ávido de pasiones y aventura. Aquellos días logramos que todo los festivales y muestras de cine que se celebraban en nuestra tierra uniesen sus esfuerzos para conformar lo que, durante un tiempo, fue la Red de Festivales de Cine de Aragón. Era ésta una iniciativa insólita en nuestra comunidad e, incluso, en España, pero lo que nació siendo una bonita esperanza acabó muriendo silenciosa y, eso sí, sosegadamente. En aquellas reuniones en las que también participaban los intrépidos José María Pemán, del Festival de La Almunia, o nuestro apreciado José Antonio Aguilar, de Fuentes de Ebro, se intercambiaban perspicaces frases, se compartían inteligentes ideas y se acompañaban sutiles mensajes que traslucían lo que todos queríamos que fuese el futro del cine en Aragón. Pues bien, de aquellas soleadas noches uno siempre guarda lo mejor que cada uno supo poner, y fue mucho, te lo aseguro, amable lector.

He mencionado a Archy y a Miguel Ángel Marco, y ambos tuvieron que ver con nuestra recordada muestra de cortometrajes aragoneses. El segundo no sólo como compañero de viaje, sino también como concursante en Maestrazgo (Territorio) Imagen, en el último Rally Audiovisual que se celebró en 2003. Desde entonces, siempre que nos vemos intercambiamos amistosas frases. Y fue precisamente en uno de esos encuentros en casa de Julián Martín, impagable y no sé si impagado colaborador de Alcorisa durante varios años, donde me propuso formar parte del Jurado del Festival de Zaragoza para elegir el mejor cortometraje español en formato de cine, mejor actriz, mejor actor, mejor montaje y mejor banda sonora. Recibí sus palabras con la lógica alegría e ilusión y dije que sí. ¿Volver a encontrarme con viejos amigos y sentirme parte activa de un acontecimiento de tal entidad? Dos razones seductoras que me cogieron de la mano y me llevaron el 6 de Diciembre al Hotel Catalonia, lugar de encuentros y combates, si es que la batalla del amor puede librarse tan cerca de la Historia y tan lejos de la soledad.

La mañana vino con una maleta de niebla debajo del brazo, pero en el hall del hotel me esperaba Archy y allí tuve ocasión de saludar a los otros dos miembros del Jurado: Pimpi y Antonio Sempere. Al primero ya lo conocía, pues este joven realizador turolense había visitado el Colegio “El Justicia de Aragón” junto a la periodista Silvia Barraca, de TVE en Aragón, para realizar un reportaje sobre nuestro Canal Pispotero, la Televisión Escolar de Alcorisa, en Octubre de 2004. Del segundo tenía referencias culturales: periodista, crítico de cine, escritor, su obra la conocía como lector, pero ese día tuvimos ocasión de compartir decisiones y charlar sobre cine.

Por delante, el visionado de veintitrés cortometrajes, todos ellos rodados en formato cine, que conformaban una buena muestra de lo que se hace ahora mismo en España. Directores más o menos noveles que cuentan para sus trabajos con actores desconocidos o figuras consagradas de la escena y la pantalla españolas. Pudimos disfrutar de los trabajos, breves en ocasiones, intensos siempre, de José Coronado, Imanol Arias, Santiago Segura, Cesáreo Estébanez o José Sancho, todo ello en dos sesiones largas pero interesantes en las que nos reímos, nos estremecimos, nos emocionamos, nos sorprendimos y, también, nos aburrimos o manifestamos nuestra indiferencia. Para romper la densidad del visionado, comimos juntos y lo pasamos muy bien en lo que fue una agradable y cálida sobremesa. No faltaron, por cierto, las palabras de ánimo y las frases ácidas hacia quien no sabe ver con la claridad del poema y sólo se siente vivo cuando transita los callejones oscuros de la necedad. ¡Ah, los páramos de la cultura que algunos cultivan con arados de estupidez!

Fue un buen trabajo, hecho con afecto e interés. Llegada la noche, algo que sucede prematura y desvergonzadamente en estas fechas, y una vez firmadas las actas que otorgaban carta de naturaleza a lo que allí se había decidido, bebimos una cerveza. La conversación se hizo la dueña de la reunión, seguíamos hablando aun sin dejar de trabajar, pues la actividad en la planta sótano del hotel, donde la organización había establecido la oficina del certamen, no cesaba. Después, las despedidas. Pero antes, el saludo de Archy y la frase, sobre la que me otorgo la licencia del silencio y el placer de la intimidad.

De vuelta a casa, recorrí algunas de las calles que contemplaron nuestras sonrisas juveniles y fueron cómplices de nuestros primeros besos. Las luces enredadas, los paseos cruzados, los aromas confundidos fueron los mejores compañeros de viaje en aquel recorrido decidido y regalado que me dispuse a saborear ajeno a ese violín al que la muchacha moldava acariciaba con la sabiduría de quien sabe mirar el cielo bajo el mar. Reanudar el pasado no es posible, ni siquiera aconsejable, pero a veces gusta darle permiso al corazón para que te diga, con la suavidad cómplice de quien te quiere, que hay momentos para ti y lugares para todos.

El sábado, 9 de Diciembre, tenía lugar la Gala del Festival en el Auditorio de Zaragoza. Había recibido la invitación para asistir a la misma y no dejé pasar ese tren ocupado por decenas de jóvenes creadores a los que les espera lo mejor y lo peor que la vida nos ofrece. Como a todos, por otra parte. Así, elegí la mejor de mis fortunas, le propuse un paseo por la noche de las pantallas blancas y aplaudimos el talento, escuchamos las voces nuevas y las palabras viejas, estas últimas pronunciadas por Fernando Guillén, y nos sentimos partícipes de aquel acontecimiento cuando los presentadores, guiados por la profesionalidad de Luis Larrodera, leyeron en medio de los nervios y la inquietud propias del momento, los nombres de los ganadores. No hubo premio mejor que vibrar con cada sílaba, sabiendo que una parte nuestra quedaba para siempre grabada en la historia del cine aragonés.

Juan Antonio Pérez-Bello

Volverte a ver

(Publicado en BALCEI, Septiembre de 2006)

Jack Sparrow ha vuelto. Atrapado por su pasado, enganchado al odio que despierta entre sus enemigos, sujeta su alma por los grilletes de la ambición y la seductora caricia del poder, el personaje que encarna como nadie Johnny Depp ha irrumpido de nuevo en nuestras vidas. Este pirata, heterodoxo como un hincha del Barça nacido en Chamberí, ha salpicado nuestras asombradas caras con toda suerte de olas enfurecidas, gruesas y hediondas gotas de sudor, intrépidos lametazos de sangre y mortales círculos trazados por su espada y la de su encarnizado oponente, el corsario Davey Jones, y lo ha hecho en plena canícula, cuando el asfalto de nuestras ciudades suplicaba un respiro en medio de las pisadas de guiris desorientados en busca de una cara amiga que les diga dónde está el Museo del Prado.

Pero no ha sido el único que ha regresado. El ajustado cuerpo de Superman, embutido en ese traje hecho a la medida de un superhéroe capaz de acabar con el villano Spacy, ha vuelto a surcar los cielos de Metrópolis y ha sido capaz, una vez, de enamorar a una Lois Lane un tanto disgustada con la repentina marcha de su amado quien, recordemos, tuvo que abandonar la Tierra en busca de sus orígenes.

Estos dos párrafos, que han servido como introducción, pretenden llamar la atención sobre algo que ya se está convirtiendo en una costumbre en el cine norteamericano. Hollywood le ha pillado gusto a eso de producir segundas y/o terceras partes de los productos que fueron éxito mundial en una primera entrega. Pero eso no es malo; au contraire: es bueno si las segunda partes lo son. Que es el caso. Tanto las aventuras de los piratas más guapos que hayan surcado los siete mares como los peligros que tiene que afrontar el alter ego de Clark Kent son el eje argumental de dos películas dignas de ser vistas con entusiasmo y de convertirse, en muy poco tiempo, en producto cultural merecedor de ser coleccionado. Se trata de dos películas que responden a la expectación, que entretienen (eso también es cine, amigos puretas), que colaboran con nosotros para que pasemos una estupenda tarde/noche de cine y que resisten, sin problemas, una segunda y tercera vez. Porque, a ver: ¿hay muchas películas que hayas visto últimamente, amado lector, que sean capaces de cumplir estos requisitos aquí relatados? Pues eso.

Y todo lo que hemos escrito sobre dos de los estrenos más potentes del verano sucederá con una película española que se estrena estos días. “Alatriste” va a ser una de las sensaciones de la temporada, y no es algo que podamos decir con frecuencia de una película española. Estamos acostumbrados a esperar mucho de las obras de Almodóvar o de Amenábar (y pocos más, no nos engañemos) y siempre se trata de películas “de autor”, con tramas y excelentes interpretaciones de los actores, es verdad. Pero “Alatriste” es una película que cumple los requisitos para ser catalogada como cine de género, con un gran despliegue de medios artísticos y económicos y que no encaja con la imagen de película española. Lo que nos han adelantado los trailers ya supone motivo para ir a verla, por espectacular, por diseño artístico, por su grandiosidad, pero me gustaría añadir otra razón para no perdérsela: el autor de la novela en que se ha basado el guión, Arturo Pérez-Reverte, ¡está encantado con la película! Bueno, bueno: no me dirás que eso sí que es raro, ¿eh? Así que nos encontramos ante un producto bien hecho y que satisface a todo el mundo. ¿Hemos dejado de ser españoles, así, de repente o es que “con dinero chifletes”?

En fin: otoño amable el que nos espera, delicado momento para el disfrute cinematográfico y cálida ocasión para mirar de frente a quien se atreve a darle la mano a los retos. Sea.

Juan Antonio Pérez-Bello