miércoles, 20 de mayo de 2009

A Antonio, el horizonte cercano

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La vida es una película cuyo guión no lo escriben los actores. Cuando emprendemos los caminos que el destino nos ofrece nunca sabemos si llegaremos al final o alguna mueca que el futuro nos dedica romperá nuestros sueños en mil pedazos. Esa mañana ocurrió esto último.


Esa mañana, digo, estuvimos juntos. Hablamos con el afecto que habíamos aprendido a compartir, aunque nuestras palabras parecían más apagadas que siempre. Entonces no supe por qué. Nosotros, que éramos dueños de tantos días acompañados y tantas conversaciones acordadas, tuvimos un encuentro tenue, suave, como quien teme romper una frágil escultura, pero la despedida fue como todas, cálida, y anunciadora de un pronto encuentro. Sin embargo este ya no se dio.


Conocí a Antonio el 1 de Septiembre de 1991. O mejor: conocimos, pues fuimos mi mujer, Concha, y yo quienes vivimos ese momento juntos. Y juntos fuimos acogidos en su casa ese mismo día, en que nos presentó a Mª Jesús y a su hijo Antonio. Ese gesto nos confortó, pues significó que esa nueva vida que entonces empezaba para nosotros la podíamos recibir con la ilusión y la templaza que nos transmitieron, en una agradable sobremesa en la que también estuvo Antonio Martínez, la otra media luna de “los Antonios” y que guardamos en la memoria para siempre como un momento inolvidable.


Después vendría el trabajo en común, el compromiso con el Colegio y con Alcorisa, los proyectos conjuntos y la complicidad. Saber que entre nosotros había una relación profesional que en muy poco tiempo se convirtió en una relación personal en la que lo más importante era la libertad con que nos hablamos, nos tratamos y nos quisimos. Vivimos multitud de situaciones que nos ayudaron a crecer, a mí como su sempiterno discípulo y a él como a un eterno meritorio capaz de asumir los vertiginosos cambios sociales, culturales y educativos que llegaban sin pedir permiso pero que hizo suyos con la prudencia de que hacía gala en cada decisión que tomaba.


Antonio compartía nombre con mi Antonio, mi padre, mi sangre manchega, mi raíz alcalaína. Una curiosa coincidencia que nos divertía y nos unía un poco más, pues unidos hemos vivido estos años de principio y fin de siglo. Antonio ha sido uno de mis maestros. No en el aula, no con la pizarra como compañera, pero sí en la vida, sí en el ejercicio de esta bendita profesión que nos ha unido y nos ha permitido recorrer juntos tantos senderos. Él, que estaba enamorado del amor por Mª Jesús; él, que enseñaba tanto porque tanto aprendía; él, que elegía siempre escuchar pues así se sentía más vivo, supo saber que es de necios saber que sabes y por eso eligió los caminos de la presencia permanente. “Hay que estar”, solía decir y nosotros asentíamos. También supo elegir a sus amigos, con los que vivió en primera, segunda y tercera personas la lealtad, esa escasa mágica virtud que el practicó como pocos y que le permitió recibir el reconocimiento de su pueblo de adopción, Alcorisa, cuando fue nombrado pregonero de sus Fiestas de Septiembre. Mayor reconocimiento de toda una comunidad no existe y él aceptó orgulloso en su humildad, pues sabía que ahí se escribía, con letras blancas como la tiza, como su cabello generoso, el afecto de varias generaciones. Y sus amigos, decía, que había que ver la sonrisa de otoñal complacencia que nos regalaba cuando nos veía a los tres juntos, a Benito, a Ángel y a mí mismo o cuando nos reuníamos además, como en el mar abierto, con Antonio Martínez y Salvador. Nuestra unión era su triunfo, el del esfuerzo común.


Antonio abrazó el viaje infinito cuando el sol invernal nos sugería el encuentro y la celebración del amor. Hundió su sonrisa porque sabía que esconderíamos las lágrimas, esas que vencían la batalla del dolor porque son nuestras amigas cuando andamos en la noche. Huyó de la agonía, pues su tiempo hablaba de presencias habitadas y ausencias escritas, tantas como él había mostrado. Hoy, mañana, las voces de los niños, los que fueron y serán, se convierten en la mejor oración que podamos ofrecer a quien escribió en nuestros corazones versos de inseparable añoranza.


Adiós, Antonio. Adiós, maestro. Adiós, amigo.

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viernes, 1 de mayo de 2009

Un lugar en el mundo


El mundo occidental ha visto pintadas sus valles y sus costas con colores de otras razas, culturas y religiones casi sin esperarlo, o no sé si desearlo, pero así ha sucedido. Y en esta danza de viajes sin retorno y maletas vacías de vida digna España ha sido como esas matronas que ayudaban a nacer a centenares de niños de los que no recordaban no ya su nombre, sino ni siquiera su mirada. Nuestra vieja Iberia, tierra de tantos pasos andados y tantos inquilinos no siempre queridos a lo largo de la Historia, ha recibido a los que llamamos “inmigrantes” con miedo, esperanza, recelo y afecto, todo a la vez, en un ejercicio difícil de explicar. Tanto que, después de varios años, aún estamos leyendo el enunciado del problema.

Pero hay otra inmigración que existe desde hace mucho tiempo y de la que se habla poco. Una inmigración que protagonizan, protagonizamos, centenares de ciudadanos con apellido español o aragonés cuyos antepasados también cantaron la jota, comieron paella, llevaron cachirulo, bailaron sevillanas o cocinaron cocido y que forman parte de ese grandioso colectivo que en Aragón identificamos con una contundente frase: “Es que no es de aquí”.

Son muchas las personas que llegan a nuestros pueblos por motivos de trabajo y tras llevar a cabo una tarea de integración, ayudados en muchos casos por los habitantes del lugar, deciden quedarse a vivir en ellos. Lo hacen porque encuentran en ellos el espacio adecuado para crecer como personas, para progresar profesionalmente y porque aprenden que el Bajo Aragón es una tierra acogedora, amable y con futuro en la que se puede vivir y por la que merece la pena trabajar.

A esos ciudadanos bajoaragoneses, que son muchos y que cada vez son más, es preciso hacerles llegar un mensaje de complicidad y de compromiso común, expresarles nuestra alegría cuando sabemos que se quedan, nos quedamos, a vivir en el pueblo que un día fue tan sólo un punto en el mapa pero que ahora ya es parte de nuestra historia personal. Todos somos necesarios, todos somos parte de un mismo proyecto y por eso es muy importante que la frase “es que no es de aquí” dejemos de utilizarla y aprendamos a manejar otras expresiones más generosas, pues nadie tiene más derechos por haber nacido en un sitio, pero sí se retrata cada uno por sus hechos.

Lo importante, en definitiva, es valorar a las personas por sus decisiones y aceptar positivamente lo que supone elegir nuestros pueblos como el adecuado “lugar en el mundo” en el que ver crecer a nuestros hijos.
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domingo, 12 de abril de 2009

BALCEI, la voz prolongada

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En el Bajo Aragón conviven muchas miradas cálidas que completan un esfuerzo común. Es una tierra en la que se hablan dos lenguas y se escuchan mil melodías, en la que se actúa en decenas de escenarios y se pintan cientos de lienzos. Y también es un territorio en el que ajustan las palabras docenas de cronistas que han tomado la realidad de sus pueblos como el mejor argumento para construir esos monumentos vigorosos y siempre jóvenes que son los periódicos locales. Y de uno de ellos escribiré, pues en cada una de sus páginas veo mi esperanza escrita y en todas sus frases encuentro la razón de nuestra voluntad: hablo de BALCEI, el periódico local de Alcorisa.

BALCEI es la vocación transformada en mensaje, una vocación hecha de pueblo puro, sólo posible por el derroche de la lumbre que acoge al caminante cansado de oscuridad y que en sus páginas encuentra la luz. Es un periódico que acaba de cumplir veinte años y que ha contemplado, con asombro inexplicado unas veces, con amable complicidad otras, cómo dormía un siglo y nacía otro en una comunidad, Alcorisa, siempre alerta para no desairar a ese gallardo doncel que es el Futuro.

El suspiro inapagable que es BALCEI encuentra su sentido cuando, cada dos meses, le muestra al mundo el fruto del trabajo de todos los alcorisanos. Las asociaciones, espejo del corazón que late bajo la tierra que nos alienta, encuentran en sus páginas el surco en el que sembrar; los partidos políticos, voz de nuestros anhelos, vierten sobre el blanco de sus páginas sus apuestas por un mañana siempre mejor; los ciudadanos, oasis de vida abierta, saben que no hay más patria que la libertad de expresar las ideas que queman el alma.

Y todos y uno, pues semejante cuerpo irrefutable, este BALCEI al que esperamos cada dos meses como el agua que riega los árboles inesperados de nuestros días, es más próximo, más pueblo, más nosotros porque su Director, Antonio Martínez, le aporta el aire urgente y soñado que necesita para que nazca cada poco, para que viva siempre.

Su sueño, que es dibujar cada poco un nuevo camino para que quienes nos sucedan puedan recorrerlo mientras saben quiénes fuimos y por qué merecemos seguir siendo. Su sueño, por el que trabaja cada momento escuchando a todos, uniendo a los diferentes y entendiendo siempre que su único horizonte es construir una sociedad en la que podamos verle el rostro a la verdad.
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sábado, 28 de marzo de 2009

Las palabras huelen a viento

La sangre acostumbra a galopar por caminos limpios y siempre abiertos. Así fue durante aquellos meses rojos que viví, recién cosidos los ochenta, en las calles que Madrid dispuso para acoger las olas nuevas de la libertad. Fueron días volcánicos en los que escribí versos vanidosos pero sinceros, dedicados siempre a las chicas que ocupaban mis sueños enfebrecidos en los que nunca vaciaba mi deseo, quizás por pudor, quizás por temor. Lo cierto es que viví en la ciudad de las noches luminosas aunque lejanas en las que el susurro de los besos añorados ocupaba el jergón de mis recuerdos.

Crecí y maduré y una tarde encendí la llama de la memoria cuando mi padre me habló de Andrés, su padre. Me contó que era moreno de altura, bajito de mirada y fuerte de piel, que movía los ojos con la fluidez del agua de tormenta que acaba las tardes de verano, con la misma insolencia que los vientos azotan las mejillas de las doncellas. Me dijo que eso le hacía dueño de una presencia ágil y estremecida y que sus manos las recordaba breves y escondidas.

Creció en una casa grande, pobre y humillada, vaciada por la desgracia. Ahogado por la oscura desesperanza de quien no ha visto la luz de la justicia, mostró un agreste desacuerdo con su destino. Miró por última vez la llanura inacabada, la de los campos del Jiloca que parecen perfilar los cielos para dirigir nuestra fortuna gracias a los peirones, como el de Santo Domingo, el Perillán que guarda en su mirada una dulzura que le acompañaría más allá del llanto por la casa alejada. Marchó al país extraño, donde encontró un tajo áspero y mal pagado, pero al menos su espalda ya no tenía que sufrir el latigazo de la sospecha ni el mordisco de la amenaza. Trabajó como nadie lo había hecho antes, probablemente porque ningún hombre guardaba tanta ira en su corazón como él era capaz de acoger y enviaba a casa cada moneda fabricada con gotas de sal rabiosa. Esas gotas construyeron cada uno de los surcos que desde entonces dibujaron sus mejillas y cada una de las sonrisas apagadas que aguardaron el momento de volver a ser el mejor de los regalos para ese hijo que quedó amarrado al abrazo de la madre seca y rota. Ese hijo que ahora tenía ante mí contraído por las palabras deslumbradas que se incrustaron en mi mirada con la fuerza de la muerte: “Mi padre murió y nunca sabré dónde está su cuerpo”.

Bebí el tiempo que me quedaba con la calma que me dio la mujer que decidí amar y los hijos que quise concebir. Sin embargo, no he conseguido encontrar las fuerzas necesarias para abrir la caja en la que guardo todas y cada de las cartas que ese hombre, cobarde y bravo a la vez, me ha ido enviando desde hace treinta años. El mismo hombre que permitió que su nombre se fundiese en las nieves invernales que cubrieron su recuerdo en las que me dice que el miedo a estar vivo le venció y que por tal temor renunció a la luz del amor.